Qué maravillosas vistas tenía desde allí arriba, ahora me
tocaba a mí.
Una semana antes
Eran las diez de la mañana cuando el doctor
salió con la bata blanca entreabierta y su estetoscopio tintineante colgabade
su cuello. Yo me quedé sentado en aquellas incómodas sillas metálicas que tenían las salas de espera de los hospitales cuando mis padres salieron a su encuentro.
Los vi hablar durante unos minutos en los cuales mi madre no dejó de llorar,
incluso hubo un momento en el que cayó a plomo al frío suelo. Pasó alrededor de
media hora desde que el doctor se fuese cuando mis padres se decidieron
volver hacia
mí.
—Dani, hemos pensado en ir ahora al zoo,
¿qué te parece? —dijo mi madre esbozando una tierna sonrisa.
Asentí inmediatamente con mucho entusiasmo,
mamá se acercó y me plantó un largo beso en la mejilla. Aún tenía húmedos la cara. En casa me encantaba entretenerme dibujando la sabana africana. Solía
dibujar un paisaje, situando el sol en una esquinita con un amarillo intenso,
que iluminase bien el estanque para que las gacelas que disfrutaban de agua fresca pudieran advertir el ataque de algún caimán hambriento.
Hacía un par de semanas que me sentía
demasiado débil incluso para dibujar pero cuando mamá mencionó lo del zoo me
puse eufórico. Tenía muchísimas ganas. Pasaron un par de horas cuando
por fin entramos.
Era impresionante, cada especie animal tenía
un enorme sitio donde jugar, descansar y comer. Fui directamente a ver a los
leones, me fascinaba la elegancia y la precisión de sus movimientos para cazar pero me lamenté cuando los vi vagamente tumbados tomando el sol. Más
tarde vimos todos los demás: las jirafas, los hipopótamos, los rinocerontes…
Los caimanes nos los saltamos, no me caían bien. Cuando pasamos el hábitat de
los primates vi un letrero.
Espectáculo De Delfines
me detuve en seco y me quedé mirándolo. Mis padres, sin mediar palabra alguna y uno a cada lado, me cogieron de la mano y seguimos la flecha que había justo debajo de aquel letrero. Nos sentamos en una de las butacas de
un patio semicircular. Enfrente, una enorme
cortina azul marino ocultaba lo que imaginé que sería la piscina con los
delfines.
Mis padres me dejaron solo por unos
instantes y fueron detrás de aquellas cortinas. Al poco tiempo volvieron y se
sentaron, cada uno a un lado. El telón se abrió para dar comienzo al
espectáculo. Delfines haciendo piruetas increíbles, pasando por aros de
fuego, caminando sobre el agua... Disfruté como nunca de aquel momento junto a
mis padres, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de algo así.
Hace apenas un año se separaron y no había
noche que mamá no pasara llorando, estaban siempre discutiendo y siempre por las mismas idoteces. Pero ese día congeniaron como en los
viejos tiempos. De repente, el adiestrador de delfines pidió un voluntario, mis padres me levantaron la mano, aquel hombre me señaló
con el dedo y mis padres me llevaron en volandas
hasta él. Allí, sin reparos en intimidad, cambiaron mi vestimenta por
un traje muy ajustado y encima un chaleco naranja bastante grueso.
—¿Estás listo chico? —asentí muy ilusionado
e inmediatamente
me lanzó al agua.
¡Estaba loco! Yo no sabía nadar y empecé a
patalear como pude cuando repentinamente, debajo de mí, pasó uno de los
delfines que metiendo su hocico entre mis piernas y me devolvió a la
superficie. Era impresionante. Jamás olvidaré aquella sensación. Cuando acabó
el espectáculo fuimos a comer hamburguesas, mi comida preferida.
Estaba siendo un día fabuloso. Más tarde,
cuando por fin llegamos a casa y me acosté, mis padres se sentaron a cada lado de
la cama a contarme un cuento.
Hacía mucho tiempo que no sentía esa
sensación de
absoluta felicidad.
A partir de ese espléndido día comenzaron a
cumplirse todos los sueños que normalmente un niño
de mi edad
tenía; sorpresas, viajes, regalos...
Llegó la séptima noche desde la visita al
zoo. Esa noche cerré los ojos tan profundamente que me sentí tremendamente ligero, liberándome de mi cuerpo, y ascendía mientras
veía como papá y mamá, después de contarme el cuento de buenas noches, se
quedaron a dormir junto a mí, uno a cada lado.
Cuando despertaron y vieron que yo ya no
estaba lloraron y lloraron hasta secar su pozo de lágrimas, pero permanecieron
juntos. Pasaban los días y las noches, las semanas, los meses... y seguían llorando pero juntos. Es curioso como el amor que sentían por mi les separó y
más tarde, el dolor de mi marcha les volvió a unir. El sufrimiento es lo que de verdad une a las personas. Se podrían haber ahorrado muchísimo dinero en
regalos y viajes y sorpresas si hubiesen sabido que lo que de veras me hacía feliz era verlos unidos.
Y cada noche, desde las maravillosas vistas que tenía allí arriba, me colaba en sus pensamientos para sacarles una tierna sonrisa, ahora me
tocaba a mí.
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