viernes, 28 de febrero de 2014

Mi Turno

    Qué maravillosas vistas tenía desde allí arriba, ahora me tocaba a mí.

Una semana antes

Eran las diez de la mañana cuando el doctor salió con la bata blanca entreabierta y su estetoscopio  tintineante colgabade su cuello. Yo me quedé sentado en aquellas incómodas sillas metálicas que tenían las salas de espera de los hospitales cuando mis padres salieron a su encuentro. Los vi hablar durante unos minutos en los cuales mi madre no dejó de llorar, incluso hubo un momento en el que cayó a plomo al frío suelo. Pasó alrededor de media hora desde que el doctor se fuese cuando mis padres se decidieron
volver hacia mí. 
—Dani, hemos pensado en ir ahora al zoo, ¿qué te parece? —dijo mi madre esbozando una tierna sonrisa.
Asentí inmediatamente con mucho entusiasmo, mamá se acercó y me plantó un largo beso en la mejilla. Aún tenía húmedos la cara. En casa me encantaba entretenerme dibujando la sabana africana. Solía dibujar un paisaje, situando el sol en una esquinita con un amarillo intenso, que iluminase bien el estanque para que las gacelas que disfrutaban de agua fresca pudieran advertir el ataque de algún caimán hambriento.
Hacía un par de semanas que me sentía demasiado débil incluso para dibujar pero cuando mamá mencionó lo del zoo me puse eufórico. Tenía muchísimas ganas. Pasaron un par de horas cuando
por fin entramos.
Era impresionante, cada especie animal tenía un enorme sitio donde jugar, descansar y comer. Fui directamente a ver a los leones, me fascinaba la elegancia y la precisión de sus movimientos para cazar pero me lamenté cuando los vi vagamente tumbados tomando el sol. Más tarde vimos todos los demás: las jirafas, los hipopótamos, los rinocerontes… Los caimanes nos los saltamos, no me caían bien. Cuando pasamos el hábitat de los primates vi un letrero. 

Espectáculo De Delfines 

 me detuve en seco y me quedé mirándolo. Mis padres, sin mediar palabra alguna y uno a cada lado, me cogieron de la mano y seguimos la flecha que había justo debajo de aquel letrero. Nos sentamos en una de las butacas de un patio semicircular. Enfrente, una enorme cortina azul marino ocultaba lo que imaginé que sería la piscina con los delfines.
Mis padres me dejaron solo por unos instantes y fueron detrás de aquellas cortinas. Al poco tiempo volvieron y se sentaron, cada uno a un lado. El telón se abrió para dar comienzo al espectáculo. Delfines haciendo piruetas increíbles, pasando por aros de fuego, caminando sobre el agua... Disfruté como nunca de aquel momento junto a mis padres, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de algo así.
Hace apenas un año se separaron y no había noche que mamá no pasara llorando, estaban siempre discutiendo y siempre por las mismas idoteces. Pero ese día congeniaron como en los viejos tiempos. De repente, el adiestrador de delfines pidió un voluntario, mis padres me levantaron la mano, aquel hombre me señaló con el dedo y mis padres me llevaron en volandas hasta él. Allí, sin reparos en intimidad, cambiaron mi vestimenta por un traje muy ajustado y encima un chaleco naranja bastante grueso.
—¿Estás listo chico? —asentí muy ilusionado e inmediatamente me lanzó al agua.
¡Estaba loco! Yo no sabía nadar y empecé a patalear como pude cuando repentinamente, debajo de mí, pasó uno de los delfines que metiendo su hocico entre mis piernas y me devolvió a la superficie. Era impresionante. Jamás olvidaré aquella sensación. Cuando acabó el espectáculo fuimos a comer hamburguesas, mi comida preferida.
Estaba siendo un día fabuloso. Más tarde, cuando por fin llegamos a casa y me acosté, mis padres se sentaron a cada lado de la cama a contarme un cuento. Hacía mucho tiempo que no sentía esa
sensación de absoluta felicidad.
A partir de ese espléndido día comenzaron a cumplirse todos los sueños que normalmente un niño
de mi edad tenía; sorpresas, viajes, regalos...
Llegó la séptima noche desde la visita al zoo. Esa noche cerré los ojos tan profundamente que me sentí tremendamente ligero, liberándome de mi cuerpo, y ascendía mientras veía como papá y mamá, después de contarme el cuento de buenas noches, se quedaron a dormir junto a mí, uno a cada lado.
Cuando despertaron y vieron que yo ya no estaba lloraron y lloraron hasta secar su pozo de lágrimas, pero permanecieron juntos. Pasaban los días y las noches, las semanas, los meses... y seguían llorando pero juntos. Es curioso como el amor que sentían por mi les separó y más tarde, el dolor de mi marcha les volvió a unir. El sufrimiento es lo que de verdad une a las personas. Se podrían haber ahorrado muchísimo dinero en regalos y viajes y sorpresas si hubiesen sabido que lo que de veras me hacía feliz era verlos unidos.


Y cada noche, desde las maravillosas vistas que tenía allí arriba, me colaba en sus pensamientos para sacarles una tierna sonrisa, ahora me tocaba a mí.

martes, 24 de diciembre de 2013

Siempre vivos en el pensamiento

   No sé qué habrá más allá de la vida... me gustaría creer que una vida mejor, donde no haya lugar para el odio, donde al fin podamos descansar de este sufrimiento terrenal pero no lo sé. 
   
Quizá las estrellas, a lo lejos, sean los ojos de nuestros héroes desvanecidos, quizá solo se apagarán cuando olvidemos que están ahí, que nos miran y que nos recuerdan "aún estoy contigo". 
   Quizá permanezcan eternas siempre que recordemos sus enseñanzas en la vida y, quizá, y solo quizá, sean cada vez más intensas si al recordarlos, nuestros labios dibujen una sonrisa. 
  
 No sé qué habrá más allá de la vida…me gustaría creer en ese paraíso idealizado del descanso eterno, pero de lo que estoy realmente convencido es que solo se habrán marchado cuando su presencia haya abandonado nuestro recuerdo.